¿Qué es una estúpida rutina? Es más
bien una pregunta filosófica.
¿Podrían creer que pase un año en
la esquina más oscura y tétrica de mi mente? De verdad, uno no cree ser capaz
de cambiar la perspectiva de vida hasta que te ves obligado a hacerlo.
Claro que si lo pienso fría y
honestamente fue por un tema de elección más que un tipo de sacrificio que
estuve dispuesta a hacer. Fue como estar en un Litchfield personal, tuve mis
limitaciones de tiempo, espacio, personalidad, degustación y rutina.
Yo era la enemiga número uno de
las rutinas, son aburridas y sosas y rara vez pueden cambiarse a voluntad.
Mucho menos cuando vives en una familia. Pero sin darse uno realmente cuenta
todo lo que hacemos se vuelve una rutina.
Antes de este horrible año solía
ir a trabajar temprano, revisaba mis pendientes mientras desayunaba en mi
espantosa, pero completamente mía, oficina. Después ponía música y me
enfrascaba a hacer órdenes, separaba los correos que iban llegándome por
categorías y así hasta que daba la hora de la comida. Ahí me tomaba un descanso
para salir o comer en mi lugar porque en las últimas fechas detestaba tener que
ir al comedor a convivir con mis colaboradores… creo que esa pudo haber sido
una de las primeras señales de que en el fondo sabía que ya no estaba del todo
a gusto con mi trabajo.
La otra mitad del día era
similar, separar correos, pendientes, hacer órdenes, resolver problemas
laborales, escuchar música, escribir notas de cosas que leería o escribiría
cuando llegara a casa. Hasta que daba la hora para irme.
No me declaro fan de conducir, la
verdad es que es una de las cosas que me estresan pero más cuando voy
acompañada. Porque si voy sola, sola yo con el auto, podría afirmar que es uno
de los placeres que más adoro en la vida. Ese momento para mí. ¡Cómo lo
extraño!
¿Y qué sucedió después de que la
bomba estallara? Llegó el caos, mi intento desesperado por conservar y
aferrarme a esa rutina que conocía al derecho y al revés.
Pero todo debe cambiar, los
cambios se deben tomar siempre para bien. ¡Qué mentira más grande nos repetimos
para no sentirnos miserables en dichas circunstancias que no podemos manejar!
Sin siquiera ser plenamente
consciente de ello mi rutina se fue estableciendo. Las mañanas se volvieron
casi tardes, mis días se alargaron por ende a las madrugadas. El almuerzo se volvió
desayuno, la cena se volvió comida. Mis semanas eran de tres días, porque en el
intermedio debía resolver problemas ajenos a mí, ser la conductora y chofer de
todos, administrar los servicios de otros, los pagos de otros, las necesidades
de otros, anteponerme. ¿Pero saben qué? Nadie me lo pidió, nadie me dijo que
debía hacerlo. Simplemente me apodere del puesto porque me sonaba lógico y
claro… ya se acabó todo esto, toda esta mierda de año y la pregunta de todos es
“¿no vas a seguir con tu vida? ¿No vas a buscar trabajo?”
¿Cómo retomar algo que he
olvidado? ¿Cómo ser alguien que ya ni siquiera reconozco? ¿Cómo? Si solo soy
esta maraña de dificultades y emociones enredadas. De nervios destrozados y paranoia
sobrevalorada.
Una mitad de mí quiere regresar a
esa rutina aburrida pero confiable de oficina, a esos cafecitos de improviso
que se agradecen a mitad de semana, a las pláticas frívolas y tontas, a un
sueldo asegurado.
Pero la otra mitad de mí cree que
es tal vez la oportunidad de cambiar mi vida por algo que de verdad ame hacer.
Antes de estudiar la universidad
tuve la oportunidad de decidir ser chef. Admito que me dio miedo e incluso
pereza. Que opte por el camino seguro y fácil, el que me llevaría a una vida
normal y simple.
Ahora no lo sé, tengo esa
oportunidad de crear algo delicioso y siento temor de no aprovechar esa
oportunidad.
He pagado ya por una situación
que no provoque, que fue ajena a mí. ¿Pero no sé qué haría Piper Chapman?
Xoxo,
GinTonic




















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