Cuatro días antes de que
falleciera mi abuelo fui a una exposición de Samurai, fui sola porque tenía
ganas de verla y nadie que me interesara quería ir conmigo. Era muy temprano,
fui en transporte público porque no sabía aún manejar muy bien por la ciudad y
me daba miedo llevar el auto hasta el museo.
Al salir atravesé la calle para caminar de nueva cuenta a la estación de metro pero me llamó la atención una nueva librería en la entrada del pasaje que lo lleva a uno a adentrarse al bosque y al zoológico.
Seguro más de uno conoce la
librería de la que hablo, un hermoso invernadero de hojas de papel y aroma a
café, que se rinde a los pies del lago entre sillones de mimbre y cojines
oscuros. El paraíso.
No tenía tiempo ese día de
quedarme, así que prometí volver al siguiente fin de semana.
No volví.
Han pasado casi dos años ya,
perdí a mi adorado gordo y meses más tarde la ilusión del amor.
Hace días me acorde de la paz
infinita que ese lugar me transmitió y ahora que tengo exceso de tiempo se me
ha ocurrido que igual podría ir, claro que es un poco complicado porque cuando
uno tiene tiempo por lo general no tiene dinero y si tienes dinero no te haces
de tiempo y los pretextos como mil se me pueden ocurrir.
Lo consultaré con la almohada, a
ver si llegamos por fin a un acuerdo.
Es imperceptible cómo transcurren los segundos y te mueves con los cambios. A veces se puede uno adaptar, a veces
simplemente lo dejas pasar y no piensas mucho en aquello que se ha desplazado
en tu vida y otras no puedes evitarlo, simplemente te dejas llevar por lo que
sientes.
Código del Samurai... Siempre mantén la cabeza en alto.
Baci,




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